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Domingo, 02 Agosto 2020 16:37

Capítulo 3: Perdiendo la noción del tiempo

Síndrome de distrés respiratorio. Las palabras más amargas que he escuchado en mi vida. Tras un análisis de sangre y una radiografía, el médico estaba seguro del diagnóstico. Se le empezó a administrar a mi hijo oxígeno complementario y se inició un tratamiento con surfactante sintético. Pero las cosas se complicaron. El niño había nacido enfermo y en muy poco tiempo empeoró, haciendo que fuese necesario introducir un tubo respiratorio hasta su tráquea para administrarle ventilación mecánica. La tensión, el estrés y el dolor de vivir esta situación nos tenía deshechos a Érica y a mí. Julián se nos estaba muriendo cuando recién acababa de nacer, mientras que nosotros conservábamos la esperanza de que todo eso pasara. Después de todo, al principio el médico había dicho que con el tratamiento adecuado el bebé estaría bien en unos cuantos días. Ante tanta incertidumbre, lo único que yo podía hacer era refugiarme nuevamente en mis propias historias, mientras la salud del niño no dejaba de empeorar:

«—A veces un héroe no está completo hasta que pierde algo muy importante—. ¿Eso era lo que tenía que pasar? Porque Bentor Everfall era un héroe en todo el sentido de la palabra, tenía ímpetu, personas a quienes proteger, a sus padres, a sus amigos, la gente de su aldea, quienes lo vieron crecer antes de convertirse en General del ejército del reino. Pero este héroe había llegado al punto de sentir que perdía claridad acerca de la razón por la cual estaba luchando. Había rechazado a cada mujer que quiso brindarle su afecto, todo por creer en un amor imposible: la princesa. Los años pasaban y la guerra de los humanos contra las brujas y su ejército de orcos parecía interminable. Las estrategias de Everfall eran eficaces, pero no lo suficiente como para poner la balanza a su favor. En medio de tantos altibajos, todo empezó a perder sentido. Antes de cada batalla el General veía cómo los soldados se despedían de sus esposas, mientras que él seguía pensando en el bienestar de sus padres. No era que estuviese mal, pero los años estaban pasando y su posibilidad de formar una familia parecía escaparse por culpa de una ilusión. Así que, finalmente, decidió dejarse de amores platónicos y crecer. El General Bentor Everfall era un general honorable, pero sin una manera de dejar una descendencia que hiciera perdurar su apellido a través de las generaciones posteriores. Así que una mañana, Everfall decidió dejar a su oficial inmediato al mando para tomarse el día libre, y el único lugar que se le ocurrió visitar fue su aldea, la casa de sus padres, sus viejos amigos.

Así que el héroe emprendió un viaje con rumbo a su lugar de origen, la aldea Vekjaim, un lugar que hacía mucho tiempo no visitaba y en donde sentía haber dejado muchos recuerdos sepultados. Cuando sus padres lo vieron, se alegraron mucho y lo saludaron de manera efusiva. Pero después, cuando la conversación retomó cierta normalidad, el par de ancianos le pidieron nietos al General, en especial por el oficio que desempeñaba su hijo.  El señor y la señora Everfall eran conscientes de que, en la guerra, era posible morir en cualquier momento; para ellos era difícil llevar esa carga, pero sabían que debían estar preparados para aceptar esa posibilidad. Por esa razón, un nieto les haría sentir que el legado familiar podía perdurar. Los padres del héroe trajeron a colación el pasado, el momento en el que Bentor abandonó la aldea para enlistarse en el ejército del reino, diciendo que incluso estarían más tranquilos con un nieto ilegítimo, así hubiese sido el producto de alguna locura cometida durante esa época en la cual él desapareció. Bentor escuchaba lo que decían sus padres sin darle muchas vueltas, pero se daba cuenta de que no recordaba exactamente a qué se referían. Unas horas más tarde, el General sintió que era el momento de visitar a sus viejos amigos. Se despidió de sus padres, salió de su antigua casa y recorrió la aldea, pero el lugar se había convertido en un pueblo, un lugar con más gente que antes, pero sin sus viejas amistades. Al único que pudo encontrar fue a su antiguo mejor amigo, Eliseo, quien ya estaba casado y tenía dos hijos. El General sintió como si hubiese pasado más tiempo del que él creía recordar. Las cosas ya no eran iguales, todos habían avanzado y él sintió que se había quedado atrás, que se estaba haciendo viejo aunque se sintiera como un joven soldado aún. Era una amalgama de emociones y arrepentimientos. Eliseo le pidió a Bentor que le contara qué fue lo que hizo durante esa época en la que desapareció, que si se había ido de “despedida de civil” antes de volverse soldado, que si había hecho un entrenamiento especial, o que si había estudiado para ascender tan rápido como lo hizo. El héroe nuevamente trató de recordar un lapso inexistente en su memoria y empezó a notar que tenía una laguna en su cabeza. La conversación fluyó sin que el General pudiese dar respuesta a las preguntas de su amigo: “Te voy a presentar a una chica” dijo finalmente Eliseo tras ver que su viejo compañero en realidad estaba en busca de echar raíces y Bentor accedió.

Eliseo llevó a Bentor a visitar a una vieja amiga, aunque en realidad todo transcurrió como si hubiese sido una cita arreglada, la única y más incómoda que el General jamás había tenido. Cuando el héroe la vio, la reconoció de inmediato. Se trataba de Sara, su “anti-novia” de la juventud. Así le decía él, porque siempre hubo una atracción mutua, pero Bentor Everfall estaba tan ilusionado con la princesa del reino, que nunca quiso darle falsas esperanzas a la chica. La reacción automática fue abrazarla, pero de inmediato pensó en el tiempo transcurrido y en la posibilidad de que ella ya tuviera familia, pero entonces cayó en cuenta de que estaba en medio de una cita arreglada por su amigo y retomó la normalidad en su saludo. Eliseo los dejó solos y Sara hacía lo que estaba a su alcance para que el General no se sintiese incómodo. Ella le decía que, aunque pareciera una cita forzada, ella realmente estaba interesada en él y mencionó que lo había extrañado mucho cuando desapareció un tiempo, antes de que se supiera que había entrado al ejército.  Fue un tiempo durante el cual nadie supo de él, pero, gracias a su carisma, todos en la aldea lo tenían presente y se preguntaban qué habría hecho Bentor Everfall antes de empezar a ser un soldado. El héroe concluye que definitivamente hay algo que no recuerda, un lapso de tiempo no muy amplio. Hace un paréntesis en su mente para inundarse de preguntas: “¿Por qué no recuerdo lo que hice en ese tiempo? ¿Qué tan extenso fue realmente?”. Sara se dio cuenta de que la mente de Bentor se estaba llenando de pensamientos que podían dañar su encuentro y le dijo que no debía matarse la cabeza por unos cuantos días que se escapaban de su memoria, que la mayoría de seres humanos no recordamos cada día de nuestra vida de manera minuciosa. El General le dio la razón a Sara y decidió dejar de pensar en el pasado para concentrarse en el presente, en disfrutar de la velada, en darse una oportunidad sin matices de fantasía. Cuando llegó la noche, Bentor se quedó en la casa de Sara y, tras haber tomado varias copas de vino, una cosa llevó a la otra, de modo que al final, ambos fueron presa de una necesidad de intimidad que habían estado guardando desde su juventud.

Una nueva ilusión romántica había nacido para el héroe. La visita a su casa lo hizo recobrar el sentido del deber, hizo que el General tuviese algo más personal por qué luchar. Aunque su mente aún se sentía confusa. Su mente era una maraña de ideas: de ese periodo de tiempo que se esfumó de su memoria mágicamente, del afecto que empezaba a sentir por Sara, de pensamientos abstractos alrededor de la princesa, cuya ilusión por fin estaba sepultando. Cuando decidió darle su amor a Sara por fin, Bentor no pudo evitar repasar por última vez lo poco que en realidad sabía de la princesa: que ella nunca salía de su castillo y que en realidad vivía muy resguardada. Se sintió tonto al haber pensado que podría llegar a acercarse lo suficiente a la princesa alguna vez, cuando en realidad nadie la había vuelto a ver en mucho tiempo. Sin importar el tema en el que pensara el héroe, no dejaban de surgir preguntas ¿Por qué estaba tan resguardada la princesa? ¿Era ella quien escondía algo o era el rey quien lo hacía?».

 

Yo ya había perdido la noción del tiempo, aunque esta vez no pasó tanto. El suficiente para que Érica por fin decidiera entrar a mi estudio para confrontarme, para hacerme un reclamo con esa voz triste que había inundado todos esos días, porque yo llevaba casi una semana encerrado manejando mal el dolor, comiendo muy poco, durmiendo mal, aislándome con la excusa de estar escribiendo. Mi esposa tenía razón y, gracias a la forma amorosa en la que ella expresó sus lamentos, me di cuenta de que me había abandonado demasiado, así como también la había abandonado a ella, incluso viviendo bajo el mismo techo. Recuerdo que ese día Érica me dijo, con lágrimas en sus ojos, que no podíamos evadir lo que había pasado, que teníamos que afrontarlo, que el momento que no queríamos presenciar por fin había llegado y que ella también estaba devastada, pero que la vida tenía que continuar. Pero lo que realmente me destruyó, fue el momento en el que Érica me hizo notar lo patético de mi comportamiento, pues su sufrimiento como madre era peor porque, después del parto prematuro que vivió, su cuerpo se había resentido y, según el médico, mi esposa estaba al borde de la infertilidad. 

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Acerca de mí

Soy un escritor e ilustrador colombiano con habilidad para crear historias y con ganas de contarlas. Esto aún sigue tomando forma, así que sean pacientes.

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